Dos cuerpos, una silla de ruedas, una silla común y una cuerda construyen un universo compartido. El equilibrio y el desequilibrio se entrelazan en un juego físico constante. El juego, sin expectativas ni objetivos fijos, se convierte en el motor de la experiencia. Desde ese «hacer por hacer» emergen nuevos caminos para crear y habitar el movimiento.
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